Ars Electronica 2010: más grande, ¿mejor?

El veterano festival Ars Electronica cerraba el pasado 11 de septiembre su 31 edición con una cifra estimada de 90.227 visitantes,  en lo que los organizadores han descrito como “el mayor Ars Electronica desde 1979”. Desde su fundación, el festival de arte, tecnología y sociedad que tiene lugar anualmente en la ciudad de Linz (Austria) no ha hecho sino crecer y ganar prestigio, gracias a un desarrollo sostenido, la capacidad de atraer a los artistas e investigadores más destacados y el apoyo constante de instituciones y patrocinadores. Con una trayectoria única entre los festivales de arte y nuevas tecnologías, Ars Electronica ha logrado convertirse en un referente para la ciudad de Linz, establecer su propio “museo del futuro”, el Ars Electronica Center (construido en 1996 y remodelado en 2009), y ser la baza principal de la candidatura de la ciudad al título de Capital Cultural Europea, que obtuvo en 2009. Por otra parte, el Prix Ars Electronica, creado en 1987, se ha establecido a lo largo de la última década como el premio más importante del ámbito del media art, habiendo recibido hasta hoy un total de 42.245 proyectos y repartido 117.500 € en galardones a las mejores obras, repartidas en unas categorías que se han ido modificado a medida que evolucionaban las tendencias en la creación artística vinculada a las nuevas tecnologías.

307 eventos en 80.000 m2

Como se ha comentando durante el curso “Comisariado y Conservación de Arte Digital”, los festivales han pasado de ser eventos efímeros a convertirse en instituciones, algunas considerablemente ambiciosas como es el caso de Ars Electronica. En su última edición, este festival de grandes cifras ha añadido una más, los 80.000 m2 de superficie de la Tabakfabrik, antigua fábrica de tabaco que parece destinada a ser la nueva sede del festival en el futuro. Con mayor superficie expositiva que la ofrece el MuseumsQuartier de Vienna, este recinto podría convertirse en uno de los 10 complejos culturales más grandes del mundo, y en este punto cabe preguntarse si al crecer a tan gran escala, el festival puede perder su esencia original o bien consolidarse como un evento a nivel internacional que también encuentre un lugar entre las grandes citas del mundo del arte contemporáneo.


Vista de la Tabakfabrik

Durante mi visita a la última edición del festival, que ha tenido lugar del 2 al 11 de septiembre bajo el título REPAIR, he podido experimentar las condiciones en que se ha presentado el festival en su nuevo emplazamiento y cómo estas han afectado a la presentación de las obras y el uso de los espacios. Ante todo, y como visitante asiduo (he asistido a siete ediciones en los últimos diez años), he lamentado que el traslado del festival a la fábrica de tabaco haya supuesto un cierto alejamiento del centro de la ciudad y de algunos lugares emblemáticos, como la Brucknerhaus, sala de conciertos que ha acogido el Ars Electronica desde su fundación.

En la última década, el festival había logrado una integración cada vez mayor con la ciudad, expandiendo sus propuestas a diversos lugares del centro y haciéndose visible en el entramado urbano. Por una parte, se emplearon en ocasiones las céntricas plazas Hauptplatz y Pfarrplatz como espacios para ser intervenidos por los artistas, por ejemplo con la instalación Body Movies, de Rafael Lozano-Hemmer (2002) o la creación de una playa artificial conectada a otra en Second Life (2007). Por otra, la falta de espacio llevó a distribuir las exposiciones en diferentes centros de la ciudad. En 2007 y 2008, el festival tuvo que acomodarse en multitud de locales mientras se construía el nuevo Ars Electronica Center, y ello dio lugar a iniciativas particularmente interesantes, como el proyecto Second City de Aram Bartholl, que convirtió un callejón en la sede de numerosas propuestas vinculadas los mundos virtuales.

Todo en un recinto

La nueva sede del festival tiene la capacidad suficiente para reunir todas sus propuestas en un mismo recinto, y por ello se disminuye en primer lugar la vinculación con la ciudad, pero se gana en la concentración de la oferta, que sin duda revierte en un mayor número de visitantes. Con todo, la experiencia de la visita resulta desconcertante y plantea el peligro de homogeneizar las diferentes exposiciones que integran el programa de Ars Electronica: CyberArts, la exposición de los galardonados con el Golden Nica y las menciones honoríficas; la exposición vinculada al tema de la presente edición; las muestras de los estudiantes de las escuelas de arte y diseño y del programa Interface Cultures de la Universidad de Linz; los talleres, proyectos específicos y un largo etcétera solían ocupar diferentes sedes, de manera que cada lugar contribuía a contextualizar la experiencia del visitante. Así, por ejemplo, el OK, centro de arte contemporáneo, acogía en sus pulcros espacios las obras premiadas, mientras que los proyectos de estudiantes, no menos interesantes pero en ocasiones poco desarrollados, ocupaban las más caóticas salas de la universidad. La exposición que ilustraba el tema escogido para cada edición ocupaba los pasillos de la Brucknerhaus, junto a las salas en las que tenía lugar el simposio sobre el mismo tema. En la Tabakfabrik, todas las exposiciones se distribuyen en amplias salas prácticamente idénticas, con lo cual resulta muy fácil perderse y pasar de una exposición a otra sin darse cuenta de ello. El propio jefe de producción del festival, Martin Honzik, indicaba que “las meras dimensiones del recinto son tales que es casi imposible hacerse con ellas, ya sea a nivel de requisitos técnicos como de la concepción de un recorrido para los visitantes”. Era preciso ir equipado en todo momento de un plano y recorrer varias veces las instalaciones para asegurarse de haberlo visto todo. Además, la gran cantidad de espacio permitía disponer las piezas en lugares remotos de una misma planta, con lo cual estas presentaban en ocasiones una cierta atmósfera de abandono.


My Husband and Me, Me and My Wife, de Nico Ferrando

Tal vez los mayores beneficiados de esta ampliación de espacio han sido precisamente los que en otras ediciones tuvieron que conformarse con espacios menores o no tenían cabida en el festival: las zonas destinadas a talleres de artistas y charlas pasaron del modesto “Electrolobby” en la Brucknerhaus a las largas naves de la fábrica, siendo relegados no obstante a las plantas superiores, mientras la planta baja era ocupada por una feria de productos industriales de empresas que apuestan por energías renovables. El recinto de la fábrica parecía dar cabida a todo, incluso la curiosa (y loable) propuesta que consistió en ocupar una de las plantas superiores con camas para descansar y una variada oferta de sesiones de masaje, relajación, reiki y yoga.


Espacio TELE-INTERNET para comunidades digitales

Un gran espacio intocable

El edificio es generoso con su espacio pero a la vez limitado en cuanto a las posibilidades de modificarlo: al ser un edificio histórico (remodelado entre 1930 y 1935 por Peter Behrens y Alexander Popp, constituye un ejemplo único de arquitectura industrial moderna), no es posible construir en su interior ni añadir ningún tipo de fijación o elemento que modifique su forma original. Es decir, no se puede ni clavar un clavo en la pared. Ello ha llevado a los organizadores a desarrollar todo tipo de soluciones que permitan fijar proyectores y colgar fotografías y pantallas sin dañar los muros. El mismo tema del festival, que se centraba en el medio ambiente y las posibles soluciones para crear un mundo más sostenible, ha ayudado a hacer coherente que todas las cartelas e incluso los muebles estuviesen realizados en cartón corrugado, y que todas las estructuras se viesen como arreglos temporales. No obstante, no se puede decir que las instalaciones del festival fuesen especialmente ecológicas: entre otras cosas, se emplearon enormes cantidades de plástico para envolver cajas de cartón con las que crear muros falsos y se gastó mucha electricidad en instalaciones poco eficientes.


Pared de cartón y plástico en la exposición Playful Interface Cultures

Curiosamente, la combinación de grandes superficies y limitaciones de manipulación de los espacios benefició en particular a las instalaciones sonoras, que contaron con una mayor “presencia” en comparación con otros años. La pieza Champs de Fouilles, de Martin Bédard (Mención Honorífica), podía experimentarse mientras se subían las escaleras de una planta a otra de uno de los edificios; Cycloid-E, de Michel Décosterd y André Décosterd (Mención Honorífica) ocupó una inmensa sala dedicada a la música digital y el arte sonoro bautizada como Sound Space; rheo: 5 horizons, de Ryoichi Kurokawa (Golden Nica), contó con un espacio adecuado, si bien al ser una obra con soporte audiovisual contaba ya con cierta ventaja frente a las obras puramente sonoras. También la “larga noche de conciertos”, que tiene lugar cada año y dibuja una transición entre la música clásica contemporánea y la música electrónica, se desarrolló en esta edición en las amplias salas de la fábrica, aprovechando las posibilidades que ofrece este espacio.


Champs de Fouilles, de Martin Bédard


Sound Space

Vida nocturna

La Tabakfabrik ha demostrado ser idónea para acoger las actividades más festivas: conciertos, performances y sesiones de DJ ocuparon el patio central del recinto durante las noches del festival. Por una parte, el colectivo crowd2cloud llevó a cabo diversos juegos colectivos en el ambiente discotequero de un hangar, mientras en el exterior la fachada de uno de los edificios era ocupada por las proyecciones de los artistas participantes en el Media Facades Festival. Este aspecto del festival atrajo también a otro tipo de público, menos interesado en otros aspectos del festival pero interesado en una oferta de ocio nocturno. Ajenos al ambiente festivo del patio, algunos artistas llevaban a cabo performances más intimistas para aquellos que se aventuraban hasta los pisos superiores de los edificios de la fábrica. Entre ellos cabe destacar las excelentes propuestas de Ei Wada, Braun Tube Jazz, y Sonia Cillari, As an Artist, I Need to Rest. Aquí la inmensidad del espacio disponible aportaba la posibilidad de combinar actividades muy diferentes en un mismo recinto, si bien no era sencillo encontrar el camino para llegar al lugar escogido.

Más grande, ¿mejor?

El director artístico del festival, Gerfried Stocker, abría la ceremonia de entrega de premios pidiendo disculpas al público por aquellas cosas que no funcionaban correctamente, si bien a parte de las incomodidades causadas por la extraña distribución del edificio y algunas salas de proyecciones cabe decir que la mayoría de las piezas funcionaba y que el festival gozó de un gran éxito de público, en especial en el día de puertas abiertas, en que recibió la visita de unas 15.000 personas. Con todo, el espacio de la Tabakfabrik se ha convertido en inevitable protagonista de esta edición del festival, llegando a ser incluso una metáfora del tema escogido este año: como espacio recuperado, la fábrica ejemplifica el espíritu de “reparación”, reutilización y aprovechamiento de los recursos disponibles frente a la lógica de usar y tirar de nuestra sociedad de consumo. Puede decirse, en este sentido, que ha logrado eclipsar al renovado Ars Electronica Center, flamante en su arquitectura y sin duda atractivo cuando desplegaba su juego de luces por la noche, pero algo decepcionante en cuanto a contenidos.

Si el festival ya resultaba prácticamente inabarcable en cuanto a su oferta, cabrá ver en próximas ediciones si este nuevo espacio sirve para articular mejor las propuestas (en cuyo caso la concentración antes mencionada sería positiva) o si sirve para alimentar la expansión de su programa hasta un punto en que resulte tal vez demasiado extenso o admita casi cualquier cosa. En definitiva, ¿puede llegar un punto en el que un festival de estas características sea demasiado grande?

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