Del museo ubicuo al museo portátil: coleccionar y difundir el arte digital

Hace unos días, el crítico y comisario Domenico Quaranta anunció la creación del MINI Museum of XXI Century Arts (MINI Museo de Arte del Siglo XXI), un proyecto personal con el que se plantea cuestionar las dinámicas actuales de conservación y presentación de las obras de arte, proponiendo además un proceso colaborativo y de final incierto. El MINI Museo no es sino un marco de fotos digital de 7 pulgadas, equipado con una memoria extraible de 4 Gb, que el comisario pondrá a disposición de un artista para que aloje en él la obra u obras que desee. A continuación, deberá exponer el MINI Museo (de la manera que considere adecuada), documentar este proceso y enviar dicha documentación a Quaranta (director del museo). Tanto la elección de la obra como la duración de la exposición dependen del artista escogido, quien tan sólo debe aceptar las limitaciones técnicas del aparato (la obra debe ser un archivo en formato jpg, mp3, mpg o avi y no superar la capacidad de la memoria). Una vez éste da por concluida su participación en el museo, debe enviar el dispositivo a otro artista, quien seguirá las mismas normas del primero, pudiendo también copiar o borrar las obras que se encuentran ya alojadas en la memoria del museo. Según indica Quaranta, el proceso concluye una vez se han llenado los 4 Gb de la memoria extraible, momento en el cual el último artista deberá devolver el museo a su director, quien lo gestionará a partir de entonces.

El proyecto de Quaranta propone así una concepción diferente del proceso de creación de una colección, así como su distribución y presentación. El director ha escogido un marco digital precisamente por ser un dispositivo “barato, kitsch, fácil de usar y comprender”, que con su humilde apariencia parece enviar un mensaje irónico a la espectacular arquitectura de la que hacen gala los grandes museos de arte contemporáneo. Otro aspecto a destacar en la elección del soporte son los formatos que acoge: según su director, el museo puede exponer “cualquier tipo de arte”, si bien este debe limitarse a una imagen, sonido o secuencia de vídeo. Al respecto, Quaranta argumenta que por “arte del siglo XXI” no debe entenderse tan sólo el arte digital sino cualquier otro tipo de creación, puesto que el denominador común del arte en nuestra época es la posibilidad de ser traducido a un formato digital. En el MINI Museo, será cada artista quien decida qué formato adoptará su obra, si bien como precisa el director, lo que se conserve en el marco digital debe ser algo que el artista considere una obra, no simplemente una documentación de la misma. Por otra parte, el proceso que dará forma al MINI Museo es radicalmente opuesto al que se produce en la institución a la que imita: la colección no se crea por medio de una serie de adquisiciones determinadas por un comité de expertos, sino por donaciones voluntarias de los propios artistas; las obras no van al museo, sino que es éste el que se desplaza hacia los creadores; la inclusión de una obra en la colección, por último, no garantiza su conservación, puesto que puede ser modificada o eliminada por el siguiente “propietario temporal” del museo. La peculiar peregrinación del MINI Museo empezará el próximo 15 de octubre y podrá seguirse a través de un blog.

Quaranta desempaqueta el marco digital en un vídeo que parodia la solemnidad de las ceremonias de inauguración y la costumbre de grabar en vídeo el proceso de abrir el envoltorio de un dispositivo digital recién salido al mercado.

Otro museo es posible

Domenico Quaranta afirma inspirarse en proyectos como el Nano Museum (1994), creado por el comisario Hans Ulrich Obrist, (un diminuto marco de fotos –analógico– que acogió obras de Yoko Ono, Gilbert and George y Christian Boltanski, entre otros, y terminó extraviado en un pub), la famosa Boîte-en-Valise de Marcel Duchamp, las cajas de Fluxus o las Time Boxes de Andy Warhol. No obstante, el MINI Museum se enmarca en la difícil relación entre el media art y la institución museística, que ha dado lugar a la creación de opciones independientes, ajenas a los circuitos habituales del mundo del arte, planteadas bien como una crítica, bien como un posible modelo a seguir.

Si bien el encuentro entre arte y tecnología ya había hallado un lugar en el museo en los años 70, a finales de esta década había sido suplantado por el arte conceptual y en los 80 pasaba a desarrollarse en los entornos alternativos de festivales e instituciones relativamente apartadas de las corrientes principales del mundo del arte. En los 90, Internet promete ser un canal de difusión independiente y de alcance global, y como tal es recibida por los artistas pioneros del net art. En el conocido manifiesto que firman Alexei Shulgin y Natalie Bookchin a finales de la década, Introducción al net.art (1994-1999), destaca su convicción de que gracias a la World Wide Web “un artista/individuo puede equivaler o situarse al mismo nivel que cualquier institución o corporación”. Ello sugiere que, si el museo no está dispuesto a acoger las obras del artista digital, éste puede crear su propio museo.

Algo así crea, por ejemplo, la artista rusa Olia Lialina, quien denomina su sitio web como LA PRIMERA Y ÚNICA AUTÉNTICA GALERÍA DE NET ART, no sin grandes dosis de ironía, y aloja en él su propia obra. El sitio de Lialina fue duplicado y modificado por los artistas 0100101110101101.ORG en 1999, demostrando la fragilidad de este tipo de espacios virtuales y de sus colecciones. La galería o el museo en la Red no pueden por tanto establecerse bajo los mismos principios que sus homólogos de cemento y ladrillo, y así parece que no puedan sino presentarse como una parodia o una crítica. La propia Lialina parece optar por la primera opción al recoger en una página web enlaces a las versiones que han creado diversos artistas de su muy citada obra My Boyfriend Came Back From The War (1996) y denominar al conjunto El Último Auténtico Museo de Net Art (2000-). Como museo, el de Lialina es más bien limitado (ofrece tan sólo una colección de copias de su propia obra, que acaban por cuestionar cuál es el original), si bien tal vez logra situar a un individuo al nivel de una institución.

Un artista que de hecho ha creado su propia institución, y la ha mantenido durante los últimos diez años, es Wilfried Agricola de Cologne. En 2000 fundó el Javamuseum, un museo virtual dedicado al net art que construyó su colección en base a una serie de selecciones de obras ordenadas por paises y diversos concursos para escoger al “Artista Java del Año”. En cinco años, el Javamuseum organizó una veintena de selecciones de net art de España, Francia, Italia, Alemania, Canadá, Latinoamérica o Asia, entre otros, reuniendo en total unas 1.000 obras de 350 artistas de 40 países. La selección de obras de net art en función de su (relativa) procedencia geográfica, así como otros criterios aplicados por Agricola de Cologne en sus exposiciones virtuales reflejan un punto de vista puramente personal que demuestra tanto las virtudes como los defectos de una institución compuesta por una única persona.

I-Corrida, selección de net art español presentada en el Javamuseum en 2004.

El museo en una pantalla

Entre las distintas iniciativas que han surgido en la última década, sin duda destaca el Digital Art Museum (DAM), una iniciativa del galerista Wolf Lieser que inicia su presencia en la Red en 2000 y se dedica a mostrar la obra de los artistas más relevantes en el ámbito del arte electrónico desde 1956. Cuenta actualmente con la asesoría de un panel de expertos y convoca anualmente un premio dedicado a destacar la carrera de un artista. La intención de este proyecto ha sido dar visibilidad a aquellos artistas que marcaron los primeros hitos de un arte ha adquirido popularidad a partir de los años 90 y apenas ha empezado a revisar su propia historia. En este sentido, el DAM adopta las funciones de un museo: al menos en cuanto investigación y difusión, puesto que no puede conservar unas obras que no fueron pensadas para Internet.

Obra de Herbert Franke (*1927)

El ejemplo del Digital Art Museum (que se define, pese a su título, como “recurso online sobre la historia y la práctica del arte digital”), e iniciativas como ARTPORT del Whitney Museum (portal del museo neoyorkino dedicado al net art) nos llevan a pensar cuál es, finalmente, el lugar adecuado para conservar y difundir el arte digital: los sitios web permiten una difusión global y pueden alojar obras de net art, software art y formatos audiovisuales, pero no aquellas obras que tienen un soporte físico; los museos pueden acoger en sus salas este último tipo de obras, pero para ello deben acomodar sus espacios y estar preparados para resolver los numerosos problemas de conservación que plantearán en el futuro. Si, como afirma Domenico Quaranta, el arte actual tiene como factor común la posibilidad de ser digitalizado, tal vez sean las copias digitales todo cuanto podamos conservar. Con todo, cabe esperar que el arte del siglo XXI no quepa en un marco de fotos.

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