Artistas en el laboratorio o el puente entre las dos culturas

Por Pau Waelder

Hace unas semanas, el centro Arts Santa Mònica de Barcelona inauguró la exposición “Pensar Arte– Actuar Ciencia (Think Art – Act Science)”, una muestra colectiva de proyectos de artistas que han realizado una residencia de nueve meses en institutos y departamentos de investigación científica suizos, dentro del programa artists-in-labs, una iniciativa que surge de la colaboración entre diversas instituciones:  Zurich University of the Arts ZHdK, Institute for Cultural Studies in the Arts ICS y Federal Office for Culture (FOC). Comisariada por Irène Hediguer, la exposición explora las múltiples dinámicas de las colaboraciones vividas en los laboratorios entre los artistas Hina Strüver y Mätti Wüthrich, Ping Qiu, Sylvia Hostettler, Christian Gonzenbach, Pe Lang, Pablo Ventura, Claudia Tolusso, Alexandre Joly y Wenfeng Liao y científicos de diversas disciplinas.

Como indica Hediguer, el objetivo del programa artists-in-labs, que empezó como un programa piloto en 2003 y desde entonces ha invitado a 28 artistas a colaborar con laboratorios de investigación científica en Suiza, es “promover la comunicación entre arte y ciencia (…) la creación de un nuevo espacio en el que podrían producirse encuentros, conexiones y conceptos.” Este reencuentro entre arte y ciencia se ha ido haciendo a la vez visible y necesario durante el pasado siglo y cobra fuerza como uno de los aspectos esenciales de la cultura del siglo XXI.

Es conocida la separación entre las “dos culturas” que describió en 1959 el científico y novelista inglés Charles Pierce Snow en su conferencia titulada The Two Cultures and the Scientific Revolution. En ella declaraba que las ciencias y las humanidades eran incapaces de entenderse: “dos grupos polarmente antitéticos: los intelectuales literarios en un polo, y en el otro los científicos. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua; algunas veces (especialmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero más que nada falta de entendimiento recíproco” [1]. Más tarde, en 1963, el propio Snow reconsideró algunas de sus ideas y vislumbró el potencial de una “tercera cultura”, que mediaría entre las dos primeras. Este concepto fue recogido por John Brockman en su libro The Third Culture: Beyond the Scientific Revolution (1995), que marcó una fuerte influencia precisamente en un momento en el que los países industrializados se encontraban en plena “revolución digital”. Si bien el encuentro entre arte, ciencia y tecnología es cada vez más extenso y fructífero, cabe señalar que la “tercera cultura” no se ha consolidado plenamente: siguen existiendo diferencias y barreras entre las diferentes disciplinas, y por ello programas como artists-in-labs buscan “crear puentes”, como indica Hediguer.

Josep Perelló, comisario del espacio Laboratorio del Arts Santa Mónica, compara este encuentro entre artistas y científicos con el principio de acción y reacción de Newton: por una parte, “la investigación del artista puede verse fuertemente influenciada por las maneras de proceder en la investigación científica. El método científico privilegia la observación, que da la coherencia o el contraste entre teoría y experimento”; por otra, “la presencia del artista visitante fuerza una reacción no planificada por el científico. Obliga al científico a explicarse más allá de sus códigos y lenguajes sin mediadores, en la distancia corta. En cierta manera, el científico tiene que salir a escena, debe dramatizar, simplificar, exagerar y, sobre todo, vivificar todo su pensamiento abstracto para convencer y cautivar.” Ambos profesionales establecen así un diálogo en el que las diferencias, en vez de crear barreras, pueden generar un enriquecimiento mutuo.

El punto de encuentro entre arte y ciencia, como indica Cornelius Borck, es la tecnología: “La tecnología es la comunicadora, el eslabón perdido y la relación material entre entre arte y ciencia.” Borck indica además que el encuentro entre arte, ciencia y tecnología “no es simplemente un reencuentro feliz que mejora su entendimiento mutuo, sino más bien el lugar en el que se generan la transformación, el cambio y la adaptación.”

El recientemente fallecido profesor Stephen Wilson señalaba a su vez en un artículo publicado hace unos meses que la digitalización proporciona un lenguaje común (una “lingua digica”) para este encuentro entre las dos culturas:

“la digitalización ha cambiado la manera en que almacenamos la información, accedemos a ella y la compartimos. Pero la revolución digital también ha tenido profundas implicaciones conceptuales tanto para científicos como para artistas. Los científicos han tenido que reinventar procesos y descubrir nuevos tipos de manipulación de datos, mientras que la digitalización de la imagen y el sonido ha conducido a nuevas formas artísticas […] A la vez que ha influenciado a las ciencias y las artes por separado, la digitalización ha comportado cambios en la naturaleza de las colaboraciones entre disciplinas […] Existe un lenguaje común que promueve una conexión inmediata entre ambos grupos de especialistas.”

Un ejemplo histórico del encuentro entre arte y tecnología es 9 evenings: Theatre and Engineering, una serie de performances organizadas por el artista Robert Rauschenberg y el investigador de Bell Laboratories Billy Klüver, que tuvieron lugar en Nueva York, en el edificio del 69º Regimiento de Infantería del Ejército de los Estados Unidos (conocido como el Armory), entre el 13 y el 13 de octubre de 1966. Rauschenberg y Klüver reunieron a 10 artistas neoyorquinos y 30 ingenieros de los laboratorios de Bell Telephone para desarrollar estas acciones, entre performativas y teatrales, en las que se emplearon por vez primera recursos tecnológicos como el sónar, la transmisión inalámbrica, la televisión de circuito cerrado o la proyección de vídeo en creaciones artísticas. Ambos grupos trabajaron durante 10 meses para desarrollar el equipo empleado en las performances, no sólo como apoyo técnico sino como parte integral de cada pieza. Como indica Klüver, este encuentro debía no sólo aportar nuevas herramientas de creación a los artistas sino también aportar cambios a la tecnología:

“Yo creía que los artistas influenciarían a los ingenieros y así cambiarían la tecnología. Por supuesto, me refiero a que el artista trabajaría con los ingenieros y eso cambiaría a los ingenieros.” Pero al mismo tiempo el propio Klüver señala las limitaciones y las diferencias de intereses que marcan las disciplinas: “Yo no soy un artista –no sé nada de arte, de veras. […] Simplemente no me interesa la estética del arte. Así que los artistas querían hacer obras, y yo quería ayudarles. Pero no me meto en juicios artísticos. Es decir, no me interesan – los artistas querían que fuese a ver su trabajo y dijese «esto es maravilloso» o  «¿no es genial?». Yo decía: «no quiero verlo; todo lo que quiero saber es qué problema tienes.»” [2].

Las palabras del ingeniero revelan hasta qué punto pueden ser diferentes las intenciones de cada parte.

Katie Paterson, All the Dead Stars (2009)

Con todo, las relaciones entre artistas, científicos e ingenieros no dejan de ser fructíferas. Además de las que se llevan a cabo en el programa artists-in-labs cabe destacar iniciativas individuales como la de la joven artista Katie Paterson, quien explora en su trabajo el paso de tiempo y la evolución de la naturaleza y el cosmos. Sus obras se presentan como instalaciones, vídeos y piezas escultóricas dotadas de una fuerte carga poética y en las aparentemente no ha intervenido la tecnología; sin embargo, en el proceso de su creación la artista ha colaborado con diversos centros de investigación y laboratorios que le han ayudado a obtener la información necesaria o han fabricado los dispositivos necesarios para una determinada pieza. En una entrevista, Paterson explica su relación con los científicos que han colaborado en sus proyectos:

“He tenido mucha suerte al trabajar con científicos que han sido receptivos a mis ideas. A veces me han recomendado a una persona concreta, pero la mayoría de las veces he enviado un email sin más referencias y he esperado que todo fuese bien. Las relaciones que se crean son tan importantes para mí como el trabajo que se crea, y gran parte de ese trabajo surge de diversas conversaciones. Conversaciones acerca de todo tipo de cosas, desde la calidad de la luz de la luna, encontrar la manera de controlar un rayo, enviar silencio al espacio exterior o convertir un grano de arena en isótopos.”

La experiencia de Paterson demuestra que es posible para un artista establecer contacto con científicos e iniciar una colaboración incluso sin la mediación de un programa de residencias, pero también son cada vez más numerosas las iniciativas que facilitan este tipo de encuentros. Un ejemplo de ello es el UCL Environment Institute de Londres, establecido en 2003 para promover un acercamiento interdisciplinario a la investigación medioambiental, haciendo ésta más asequible para el gran público. El instituto tenía relación con otros departamentos de la Universidad, pero no con las artes y humanidades, por lo cual se estableció en 2008-2009 un programa de residencia para un artista y un escritor.

El escritor Richard Hamblyn y el artista Martin John Callanan fueron escogidos para la primera de estas residencias, que ha dado como resultado Data Soliloquies, un libro y una serie de obras que tratan acerca de la manera en que se divulgan los datos recogidos en las investigaciones acerca del cambio climático. Proyectos como éste demuestran tanto el valor divulgativo que el trabajo de los artistas puede tener para la investigación científica como la posibilidad de que una mirada “externa” pueda elaborar una crítica que lleve a reconsiderar algunas de sus prácticas.

En una conferencia del festival Ars Electronica en 2004, ante el reto de pronosticar cómo sería la sociedad, la cultura, al tecnología y la ciencia del futuro, Roger Frank Malina propuso dos posibles resultados de la relación entre arte, ciencia y tecnología: la “opción débil” y la “opción fuerte”. La opción débil supone que la interacción entre artistas y científicos o artistas e ingenieros dará lugar nuevas soluciones para los problemas de la ciencia o la ingeniería, tal vez una “ciencia mejor” o una tecnología mejor en la que los artistas actúan como conexión entre el ámbito de investigación y la sociedad.

La opción fuerte comporta que por medio de estas interacciones emergerán una ciencia y una tecnología “diferentes”: se hará necesario desarrollar determinadas tecnologias o bien resolver otros problemas científicos, por medio de nuevas metodologías. La “tercera cultura”, por tanto, supondrá una transformación de las dos anteriores, e incluso en unos años, propone Malina, “veremos nuevos programas de «científico en residencia» en los laboratorios artísticos para acelerar el proceso de redirigir la ciencia hacia nuevas direcciones conectadas con las necesidades sociales de 2029” [3].

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[1] C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza Editorial, Madrid, 1987, pp. 14, 24.

[2] Edward Shanken, “I Believed in the Art World as the Only Serious World That Existed. Interview with Billy Klüver, 1996”, en: Dieter Daniels y Barbara U. Schmidt (eds.). Artists as Inventors. Inventors as Artists. Ostfildern: Hatje Cantz, 2008, 177-178.

[3] Roger F. Malina, “Leonardo Timeshift 1959, 1969, 2004, 2029”. Ars Electronica Archive. <http://90.146.8.18/en/archives/festival_archive/festival_catalogs/festival_artikel.asp?iProjectID=12927>

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