Privacidad 2.0: lo público y lo privado en la banda de Moebius

Chatonsky, World State

Por Pau Waelder

Con motivo de la inaguración de la exposición Extimidad. Arte, intimidad y tecnología en Es Baluard Museu d’Art Modern i Contemporani de Palma, inicio una serie de entradas que exploran los distintos temas que plantean las obras incluídas en esta muestra colectiva. Extimidad reúne una docena de obras de los artistas Gazira Babeli, Clara Boj y Diego Díaz, Martin John Callanan, Grégory Chatonsky, Rafael Lozano-Hemmer, Paul Sermon, Christa Sommerer y Laurent Mignonneau, y Carlo Zanni.

En el blog Vie de Merde, una joven anónima escribe: “Hoy me han parado en un control de policía. El agente verifica mis papeles, los lee con atención y me los devuelve. Esta noche, al conectarme a Facebook, recibo una invitación para ser amiga de este gendarme.” La anécdota resulta graciosa y terrorífica a la vez: los usuarios de Facebook a menudo se encuentran con el dilema de responder a solicitudes de amistad de personas con las que tal vez no quieran compartir información personal, lo cual nos lleva a pensar si es, de entrada, una buena idea publicar intimidades en un medio sobre el cual tenemos un escaso control. Internet, los buscadores, las redes sociales y sobre todo nuestro uso de los recursos que ponen a nuestro alcance las puntocom nos hacen fácilmente identificables y localizables, algo de lo que pocos son verdaderamente conscientes. El usuario medio publica sin preocupaciones información acerca de su vida privada en diversos sitios web, confiando en los confusos acuerdos de privacidad del sitio (que nunca lee) o simplemente restando cualquier valor a la difusión de esos datos sobre su persona, la de su família y amigos.

A lo largo del siglo XX, y particularmente tras la experiencia de los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin, que sin duda inspiraron obras como la novela 1984 de George Orwell y el ahora popular personaje del Gran hermano, en la relación entre el individuo y el Estado (o, actualmente, la corporación) predominaba el temor hacia la invasión de la privacidad por parte del segundo, la acción controladora de ese ente invisible sobre el individuo desprovisto de poder y de recursos. El Panóptico, la estructura ideada por Jeremy Bentham en 1785 para vigilar a los reclusos de una cárcel en todo momento sin que éstos pudieran saber cuándo eran controlados, es el modelo de aquello en lo que podría convertirse la sociedad. Sin duda, parte de estos temores se han cumplido, como recordaba en 2007 el festival Ars Electronica bajo el título Goodbye Privacy: en un mundo conectado, estamos sometidos a la vigilancia constante de los propios dispositivos que empleamos (nuestro teléfono móvil, por ejemplo, marca en todo momento nuestra localización geográfica), pero a la vez se crea una cultura de la exposición de lo privado. En la era de la individuación, hay que mostrarse.

Esta exposición de lo privado, de proyección de lo íntimo hacia lo exterior, puede describirse con el término extimidad. El psicoanalista Jacques Lacan introduce el término en 1969 al indicar que en el yo lo más íntimo puede ser externo y ajeno:

“lo que es lo más íntimo justamente es lo que estoy constreñido a no poder reconocer más que fuera” [1]

Lacan emplea la figura de la banda de Moebius, una superficie con una sola cara y un solo borde, para ilustrar la relación ambigua entre interior y exterior en la construcción del yo. Esta misma figura podría definir actualmente la distinción entre lo público y lo privado en una sociedad en la que, por una parte, empresas y gobiernos buscan tener cada vez más datos acerca de los individuos, y por otra los propios individuos tratan de reforzar su individualidad compartiendo la mayor cantidad de datos posibles acerca de sí mismos con un público más o menos abstracto.

Diversas obras incluidas en Extimidad. Arte, intimidad y tecnología exploran temas vinculados a esta paradójica relación entre lo privado y lo público.

Carlo Zanni, Selfportrait with Dog

Carlo Zanni, Selfportrait with Dog (2008-2010)

En 2008, el servicio Google Street View llegó a la ciudad de Milán, ofreciendo su esperado mapa fotográfico de las calles de la urbe. El artista Carlo Zanni accedió al sitio web para ver las imágenes en 360 grados de su propio barrio y allí descubrió que el coche de la empresa americana le había inmortalizado mientras paseaba a su perro. Impactado por este descubrimiento, decide apropiarse de las imágenes de Google y hacer de ellas una obra de net art que titula Selfportrait with dog. Habiendo trabajado a lo largo de varios años con el género del retrato en la era digital, Zanni hace de esa invasión de su privacidad una afirmación de su individualidad con un sencillo gesto. Posteriormente, decide encargar a una empresa china la realización de tres pinturas al óleo a partir de las imágenes extraídas del sitio web de Google. Según indica el artista, con ello pretende completar el proceso de la pérdida de control sobre su imagen con la pérdida de control sobre la ejecución de su obra, a la vez que realiza una crítica a la práctica de abaratar costes encargando el trabajo a la infatigable mano de obra china.

La obra de Zanni cuestiona la difícil relación entre el individuo como persona con una vida privada y el espacio público en el que habita. En este caso, las personas no son sino un estorbo para el esfuerzo cartográfico de Google, que sin duda preferiría fotografiar calles vacías a difuminar rostros y matrículas, además de enfrentarse a pleitos en diversos países por invasión de la privacidad.

El individuo deja de tener importancia ante el colectivo, se vuelve minúsculo ante los acontecimientos de escala nacional o global hasta el punto en que parece que uno y otro no tienen relación alguna. Grégory Chatonsky reúne lo íntimo y lo global en su obra World State (2008), que ya mencioné en un artículo anterior. En esta narración sin fin, la intimidad de una muchacha que se refugia en su habitación se ve afectada por los datos que recoge la pieza a través de los titulares de la CNN, extraídos en tiempo real de su sitio web. El artista propone así plasmar el “estado del mundo” a través de la combinación de los eventos que nos afectan a escala global y la modesta existencia de una joven que personifica, en cierta manera, un estado anímico planetario.

Martin John Callanan, International Directory of Fictitious Telephone Numbers (2010)

La conexión que establece Chatonsky entre el individuo y el mundo entero es posible gracias a la transmisión de datos a través de Internet, lo cual nos recuerda que han sido las redes de telecomunicaciones las que más notablemente han permitido la inserción de lo público en lo privado y que el dispositivo que más nos ha afectado en este sentido es el teléfono.

Martin John Callanan ha dedicado dos obras a este aparato que en tantas ocasiones ha facilitado la invasión de nuestra privacidad. Por una parte,  International Directory of Fictitious Telephone Numbers (2010) toma como material de base la extensa cantidad de números de teléfono que en diversos países se destinan a ser empleados en ficciones en cine y televisión. A fin de evitar que un espectador curioso marque el número de teléfono que aparece en una escena de un film y contacte con un ciudadano desprevenido, ciertos números (cientos de miles, en algunos países) se reservan a este uso y lógicamente no comunican con lugar o persona alguna. Tras una investigación, Callanan ha elaborado un listín impreso con estos números de teléfono y un teléfono conectado a un ordenador que marca aleatoriamente los números, recibe una señal de número inexistente, cuelga y vuelve a marcar. Este proceso sin fin hace del teléfono una máquina absurda destinada a una comunicación nunca resuelta, puesto que aunque alguna persona respondiese del otro lado de la línea, el aparato sería incapaz de hablar con ella.

Una forma similar de comunicación invasiva y automatizada la encontramos en otra pieza de Callanan, I Am Still Alive (2009), inspirada en el trabajo del artista conceptual On Kawara. De la misma manera en que el japonés enviaba este mensaje certificando su existencia a amigos y directores de museo por medio de postales y telegramas, Callanan propone aquí interpelar al espectador en la intimidad de su teléfono móvil, enviándole el mensaje “Aún estoy vivo” por medio de la red Bluetooth. El mensaje se envía de forma automática desde un ordenador, de manera que la afirmación es absurda, puesto que no es ya el artista quien la hace sino una máquina.

La separación entre lo público y privado se vuelve difusa en estas obras, de manera que tanto si empezamos en un extremo como en el otro, nos vemos abocados, igual que en la banda de Moebius, a encontrarnos en el lado opuesto, un opuesto que en definitiva no existe.

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[1] Lacan, Jacques (2008). Seminario 16. De un Otro al otro. Barcelona: Paidós, 246.

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