Art Commodities: otro mercado del arte es posible

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Paolo Cirio es un artista y hacker cuyo trabajo se ha centrado en los últimos años en el análisis y subversión de los sistemas que rigen nuestra sociedad, ya sea el sistema económico, las grandes empresas que dominan Internet, las redes sociales o los medios de comunicación. Su proyecto Loophole 4 All (2013), premiado con el Golden Nica en Ars Electronica este año, proponía a cualquier usuario evadir impuestos falsificando la identidad de una filial de una gran empresa en un paraíso fiscal (lo explico en detalle en este post anterior del blog).  Cirio ha centrado su atención en los últimos meses en el mercado del arte (otro sistema marcado por grandes intereses económicos y una notoria opacidad), dando lugar a un proyecto que ha lanzado hace unos días: Art Commodities.
 
Aún en fase beta, Art Commodities es de momento una propuesta teórica que el artista promete desarrollar con una plataforma de venta de obras de arte digital a finales de este año. El modelo que plantea Cirio se basa en la posibilidad de comprar obras de arte en formato de archivo digital, de tal manera que puedan ser duplicadas sin limitación alguna, pero al mismo tiempo sólo puedan tener un único propietario.

Objetos de arte inteligentes, contratos inteligentes

Art Commodities se basa en el concepto de Objeto de Arte Digital Inteligente (Smart Digital Art Object), creado por Cirio y basado en la idea de Contratos Inteligentes (Smart Contracts) desarrollada por Nick Szabo entre 1994 y 1997. Szabo advirtió que los contratos basados en papel eran limitados en cuanto a sus posibilidades de aplicación de lo que definió como los “cuatro objetivos principales del diseño de un contrato”:
  • El contrato debe ser observable por ambas partes, es decir que deben poder certificar que se cumplen los términos del mismo.
  • Debe ser posible verificar que los términos de un contrato se han roto para indicarlo a un tribunal o agente independiente.
  • La privacidad del contrato debe ser tal que sus contenidos y la correcta ejecución de sus términos sólo debe ser conocida por un número de personas necesario para la ejecución del contrato.
  • Deben existir métodos para hacer cumplir los términos del contrato, algo que se relaciona con la necesidad de poder verificar en todo momento que dichos términos se cumplen.

Szabo propuso como solución lo que denominó “contrato inteligente”, es decir “un protocolo de transacción computerizada que ejecuta los términos de un contrato”. Una aplicación de este tipo de contratos es insertarlos en objetos físicos (bienes) que puedan verse afectados por el protocolo de tal manera que se convierten en “propiedad inteligente”: un ejemplo de esto sería un coche equipado con un sistema que comprueba si se han pagado los plazos del préstamo al banco y no arranca si hay un impagado, o bien si se ha denunciado el robo del coche, o bien si tiene un modo de identificar al conductor como propietario del mismo.

Para asegurar el funcionamiento de estos “contratos inteligentes” y evitar el fraude, se emplean protocolos de criptografía como PGP (“Pretty Good Privacy”), basado en el uso de una clave privada y una clave pública. La clave privada es mantenida en secreto por el usuario, mientras que la clave pública es accesible a cualquier persona que desee codificar un mensaje para que sólo pueda sea leído por dicho usuario con su clave privada. Si bien la clave pública y la privada están relacionadas, es imposible conseguir la segunda a partir de la primera.

De esta manera se puede elaborar también lo que se conoce como Propiedad Virtual Transferible. Un problema que encontramos con los productos que adquirimos en formato digital es que dependen de una autoridad central: ebooks, revistas, videojuegos y objetos adquiridos en entornos virtuales no pueden, en la mayoría de los casos, trasladarse a otro entorno o soporte, sino que dependen en todo momento de una conexión con el servidor de la empresa, que verifica la posesión del artículo en cuestión. Un sistema de codificación inserto en el propio producto permitiría transferirlo a otra plataforma, puesto que siempre conservaría la información de su propietario/a y podría así ser conservado o incluso vendido a otra persona, de la misma manera en que esto es posible con un objeto físico.

Partiendo de estas ideas, Paolo Cirio desarrolla el Objeto de Arte Digital Inteligente, que define como “una obra de arte digital en forma de archivo digital certificado por el artista”. La diferencia entre el Objeto Inteligente y un archivo digital cualquiera es que permite “autentificar y certificar que se trata de un objeto digital único al adjuntarle firmas y contratos digitales por medio de algoritmos criptográficos.”

El sistema propuesto por Cirio se basa en una serie de elementos que el artista facilita al comprador:

  • La obra de arte, como Objeto de Arte Digital, es decir un archivo digital en algún soporte de almacenamiento de datos.
  • Una copia del Contrato firmado por el artista y el comprador, en el que se establecen las condiciones de transferencia, venta y reproducción de la obra.
  • Un Certificado de Autenticidad, que contiene además la información necesaria para transferir la obra.
  • Un resumen (hash) del archivo de la obra, que sirve para comprobar que no se han realizado modificaciones al archivo codificado.
  • Clave pública de encriptación, que sirve para certificar la propiedad de la obra.

El archivo digital que constituye la obra tiene integrado de esta manera un sistema seguro que determina su procedencia y propiedad. El artista incluye una “firma” en forma de clave de codificación pública, que se verifica únicamente con la clave privada en posesión del artista (así se certifica que la obra ha sido creada por el artista). El comprador obtiene otra clave que le identifica como propietario de la obra, y que debe ser transferida al vender dicha obra. Por tanto, la obra se convierte en un Objeto de Arte Digital Inteligente, puesto que contiene el protocolo para determinar su autenticidad y a su propietario/a.

 

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Hacia la propiedad híbrida: otro mercado del arte es posible

El sistema descrito no se diferencia, en principio, de la práctica habitual de certificar la autenticidad de una obra por medio de un documento firmado por el artista. Con todo, estos documentos tienen sus limitaciones, según indica Nick Szabo, y se han empleado principalmente en el intercambio de obras basadas en objetos físicos, cuya posesión y distribución puede ser controlada. Los archivos digitales plantean el problema de su fácil duplicación y distribución, algo que empresas como Sedition han procurado resolver por medio de una plataforma controlada y la emisión de “certificados de autenticidad digitales”, que resultan totalmente inefectivos, como he mostrado en este proyecto y he comentado en esta entrevista y esta otra entrevista.

Cirio integra este certificado de manera segura en el propio archivo, con lo cual podría resolver el problema planteado por la necesidad de asegurar la propiedad de la obra pese a su reproductibilidad. Con todo, su proyecto no se limita a este fin. Según afirma:

“El potencial de la certificación criptográfica también permite que estos objetos de arte digital se intercambien como bienes (de la misma manera que cualquier otro objeto de arte) cuya propiedad pueden ser demostrada por medio de la posesión de las claves criptográficas de dicho objeto.

Este tipo de propiedad es diferente de la que solemos conocer. El objeto puede aún duplicarse infinitamente, es fácilmente transferible y puede ser usado por cualquiera, sin embargo tiene un propietario definido.

Esta noción evolucionada e híbrida de propiedad privada libera el potencial para que un bien sea propiedad de una persona y de todos a la vez…”

Dicho potencial conduce a Paolo Cirio a proponer lo que denomina un Mercado del Arte Inteligente para el Arte Crítico (Smart Art Market for Critical Art). Este nuevo modelo de mercado del arte no se basa en la escasez, que determina el elitismo del arte contemporáneo y las elevadas sumas que se pagan por las obras, sino en la abundancia, que idealmente conduce a una mayor repercusión social de la obra, lo cual según el artista redunda en un mayor beneficio económico para el coleccionista (al ser la obra más conocida, esta debería aumentar su valor).

Las obras del Mercado del Arte Inteligente se caracterizan por ser objetos digitales que se venden a precios asequibles en series de un gran número de ítems. Cada pieza tiene características únicas, que hacen que no se trate de una copia sino de una pieza única que pertenece a una serie. Un ejemplo de esto lo encontramos en obras como The Possible Ties Between Illness and Success (2006) de Carlo Zanni, un cortometraje que se podía visualizar en un sitio web y generaba cada día una versión diferente en función de una serie de datos obtenidos de los visitantes del sitio web. Siendo una única obra, The Possible Ties generó cientos de vídeos diferentes, que el artista ha vendido de manera individual o en conjuntos de un mes. Siguiendo el modelo de Paolo Cirio, cada vídeo de esta obra podría venderse a un precio reducido, con el protocolo de codificación que permitiría a su propietaria compartir el archivo sin perder por ello la certificación de autenticidad y posesión del mismo. De la misma manera, los títulos de propiedad que genera Loophole 4 All y que se venden actualmente en Art Commodities son piezas únicas de una misma obra. La lógica del Mercado del Arte Inteligente, que según Cirio “sugiere un modelo económico similar al del cine o la música, en el que es el reconocimiento del público el genera un beneficio económico”, propone que al no perder la posesión del objeto digital, los propietarios se ven incentivados a compartirlo y por tanto contribuyen a generar interés por la obra y el artista. Dicho aumento del interés por la obra revierte de forma positiva tanto en el artista como en el coleccionista.

Así, otro mercado del arte, basado en un gran número de coleccionistas (o como he comentado en otro artículo, la “Larga Cola” de potenciales compradores de arte), podría generarse alrededor de estos objetos de arte digital. Esto llevaría idealmente a una forma diferente de consumir y experimentar el arte, algo que ya podemos ver con otros productos culturales cuyo consumo se ha adaptado a los medios digitales (cine y música por streaming, libros y revistas en formato digital, entornos virtuales y videojuegos). No obstante, cabe recordar que el mercado del arte no se basa exclusivamente en una serie de protocolos de intercambio de objetos, sino que se construye en base a complejas relaciones simbólicas y sociales, y de hecho no responde a los esquemas habituales del mercado. Un recurso que facilite la codificación de un archivo digital para determinar en todo momento su propiedad sin duda es una herramienta útil para dar mayor fiabilidad a la venta de obras de arte en este formato. Pero ello no elimina la necesidad de mantener una cierta exclusividad sobre la obra, particularmente si la cifra que se ha pagado por ella es elevada. Comprar una obra y hacerla accesible (y reproducible) a todo el mundo requiere un cambio de mentalidad por parte del coleccionista, que debe hacerse extensible al mundo del arte en su conjunto. Un ejemplo de ello lo vemos ya en los sitios web de Rafaël Rozendaal, cuyos coleccionistas adquieren con el compromiso de mantenerlos libremente accesibles en la Red. ¿Podrá ser esta una práctica habitual entre los coleccionistas?

Las tecnologías digitales han logrado democratizar muchos aspectos de nuestro acceso a la información, la capacidad de crear y publicar contenidos, comunicarnos y crear comunidades, comprar y vender bienes de todo tipo. El mercado del arte se ha mantenido notablemente ajeno a estas transformaciones, y es sólo en los últimos años cuando se han multiplicado las plataformas de venta y difusión de arte, con algunos modelos que transforman la propia concepción de la obra y su posesión, pero siempre asentado en las mismas bases en las que se ha ido desarrollando durante más de un siglo. Si es posible otro mercado del arte, y si será un nuevo modelo de certificación de autenticidad el que lo transforme, sigue siendo un interrogante.

 

 

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